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Sombra

La Gesta, crónica de una caminata

La Gesta. Otra vez Mendoza de pie en defensa del agua. Crónica de una caminata que comenzó el lunes 08 de diciembre.

Por Valentina Mazziero

 

Hago fuerza con los brazos para separarme de la tierra. Las plantas de mis pies ya no soportan mi peso. Tengo ampollas y me duelen.

Atravieso el pasto de la Plaza Independencia, la plaza cabecera de la ciudad de Mendoza. Por lo general, las fuentes de agua siempre están encendidas y es un espectáculo muy lindo de ver.

Hoy están apagadas y la fuente principal está rodeada de vallas. Es raro ver una fuente vallada.

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Voy hacia la carpa en la que nos convidan agua y alimentos, hay un sol que te pela la frente.

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Siento mi cara caliente, mis brazos también. Son las once de la mañana del martes 9 de diciembre. Camino y camino desde el día anterior.

El inicio en Uspallata

Salimos el lunes ocho caminando desde Uspallata. La caminata inició en El Triángulo, ese lugar que todos hemos atravesado yendo a Chile, entre la YPF vieja, la farmacia Tunuyán y el bar El Tibet.

Con mi compañera llegamos tarde, así que recorrimos un pequeño tramo cargando las bolsas de dormir y los aislantes para pasar la noche. De inmediato, varias personas nos ofrecieron dejar nuestras cosas, (petates en idioma montañés) y así lo hicimos.

Aunque transito mucho la ruta siete, hacerla a pie es muy diferente. Las montañas hacen eco y hay partes en las que el Río Mendoza te aturde. Por suerte nos tocó un día nublado.
Hacemos parada de descanso y seguimos, indica una de las vecinas de Uspallata que ha estado organizando la caminata. Está re contra entera a pesar de todo lo caminado, del estrés de la organización.

Para ese entonces estamos en la entrada del sendero a La Cascada del Ángel, imagino que debemos de haber caminado unos catorce o quince kilómetros. Hubo partes que tuvimos que hacer en caravana de autos porque no hay banquina.

Me como unas empanadas hechas con amor, un huevo duro. Tomo agua. Ya siento ampollas en los pies, pero cometo el error de no cambiarme las botas de trekking.

Imaginé sin quererlo un sendero de montaña, pero caminamos mucho por la banquina y por el mismo asfalto de la ruta siete. Así que lamento mi mala elección y sigo.

Por suerte salimos de la ruta, fue intenso, es una vía internacional, por la que pasan autos y camiones todo el tiempo. Desde la organización de La Gesta siempre se encargaron de que estuviéramos cuidados, entonces hacían frenar a los camiones en las curvas para que pudiéramos pasar caminando. La mayoría de las personas que pasaban nos grababan o tocaban bocina.

Salimos de la ruta por la bajada que va a Argentina Rafting. Pasamos por el costado del dique con su capacidad baja. Hay una postal muy triste en la tierra a la que el agua ha abandonado. Es como un paisaje que no pega. Veo vida acuática muerta, algunas plantitas que quedaron color gris con el paso del sol.

En cambio, en la Plaza Independencia todo parece de un verde saturado. Miro los árboles que están atrás de la carpa, son enormes. Son árboles abuelos, tienen ciento sesenta y dos años, los plantaron justo después de 1861, el año en el que Mendoza se vino abajo por un terremoto y hubo que reconstruirla básicamente desde cero. Una de las mujeres de la carpa me pasa dos botellas de agua, me da frutas y también huevos duros. Vuelvo rengueando.

El pie izquierdo es el peor. Llego adonde está mi gente, veo caras muy cansadas. Para ese entonces somos muchas las personas que hemos caminado demasiados kilómetros y venimos de diferentes puntos de la provincia. Nos reconocemos por nuestro estado.

Potrerillos, Cacheuta, Las Compuertas y una comida que levanta

En Potrerillos nos reciben en la plaza con comida. Pero comida con todas las letras. Sandía, melón, duraznos, también jugos, budines caseros, quinoa, lentejas, comida que te recupera el cuerpo, hasta un Gatorade casero.

Claro que lo primero que hice fue sacarme las botas y acostarme en un banco de la plaza.

De ahí, una vez que nos recuperamos comenzó de nuevo la caminata. En mi caso era imposible caminar y me subí a la camioneta que venía manejando desde Uspallata uno de mis amigos. La mayoría de las personas que estaban en la plaza arrancaron caminando. Pasamos la megafiesta electrónica de Hernán Cataneo, repleto de gente, algunos al costado de la ruta saludan.

Después todos nos subimos a autos y camionetas y bajamos por los caracoles de Cacheuta.

Ahí, nos estaba esperando una familia de Jujuy con la cena. Sí, otra vez a comer, a recuperar. Combustible para caminantes. Comimos delicioso debajo de la noche cacheutina.

Ya no tengo las botas, sino mis sandalias puestas. Me las saco para meterme a la bolsa de dormir, con mis compañeros y compañeras nos acostamos entre dos autos. Se decidió en asamblea estar activos a las tres de la mañana. Antes de intentar descansar, miro la hora, son casi las doce de la noche del día lunes ocho de diciembre.

Algunos vecinos y vecinas de Potrerillos se tocan unos temas alrededor del fuego tomando mates. Y aunque dificulta la tarea de dormir, son buenos temas. Uno me gusta en particular.

El tema Fanky de Charly pero con esta letra: Vamos a marchar/ queremos agua pura.

Nuevo día

Al final, me levanto antes de las tres. Después activamos todos y todas y partimos hacia Las Compuertas en caravana de autos.

Estacionamos debajo del arco, cerca de la Biblioteca Popular Las Compuertas.

Ahí también nos esperan con comida, una sopa espectacular, de esas que pueden levantar hasta a un zombi. Después de la sopa y la buena onda en Las Compuertas, de nuevo a los autos y partir hacia Luján de Cuyo, el lugar en el que crecí y viví la mayor parte de mi vida.

Paramos en la Rotonda de los Bomberos, ahí me encuentro con mi papá. Atravesamos Luján los que éramos, caminantes de Uspallata, Potrerillos, Cacheuta y Las Compuertas. Cantando, tocando, hay una trompeta y un redoblante. Un sonido atípico para la calle Saénz Peña a esa hora. Llegamos a la Plaza de Luján de Cuyo, casi a las seis de la mañana, en el momento ese antes del amanecer en el que los pájaros de los árboles te aturden.

Ahí nos esperaban los primeros lujaninos y lujaninas, sabíamos que el punto de encuentro era en Azcuénaga y Acceso Sur, así que seguimos.

Casi doblando para la calle Azcuénaga, nos ofrecen el baño en un sindicato, algunas aprovechamos y luego seguimos caminando.

Corro para unirme de nuevo a la gente, estoy muy arriba, las ampollas no me duelen. No dormí, entonces estoy un poco pasada. Sé que mis amigos y amigas nos esperan, estas son las calles por las que caminé toda mi vida.

Así que me siento con todo el derecho, ahueco mis manos para que se escuche bien y grito en la madrugada de mi ciudad: ¡Despertate, Luján, despertate!

Subimos por el puente justo cuando empieza a salir el sol. Nos encontramos todos arriba, y repaso todo lo que sé sobre poesía, para después poder describir lo que sentí, pero no hay teoría para la emoción inabarcable del ahora.

Nos encontramos con los lujaninos y lujaninas, nosotros los de Uspallata y los que se unieron en Potrerillos y en Las Compuertas. Allá también están los parientes del sur, la gente que llegó de Alvear, de San Carlos, de San Rafael, de Tunuyán. Y nos abrazamos y cantamos.

Y bajamos todos a desayunar. Ahí la enfermera icónica de Uspallata, Margarita, me limpia los pies y me pone un colchón de gasa para que siga adelante.

El cansancio, la plaza y el nudo

Atravieso la plaza rengueando un poco. Me siento en el pasto encima de la Whipala que trajo mi novia. Les paso el agua a mis amigos y amigas.

Siento que estamos fuera de contexto, son mis amigos de la montaña y hay algo que no pega en la ciudad.

Tenemos los pies y las piernas muy cansadas, muchos han caminado más que yo. Estamos incómodos, hay muchos dolores nuevos en nuestros cuerpos.

Frente a la legislatura se escuchan murgas y gente cantando. La plaza no está llena, pero hay gente. Mucha gente.

La caravana caminó mucho más antes de llegar a la Plaza Independencia.

En Luján, nos pidieron que fuéramos en auto un trecho y que después siguiéramos caminando. Dejamos a los que iban a seguir la caminata justo donde hay dos GNC juntas, pasando la Calle Paso. Y caminaron desde esa parte del Acceso Sur, hasta la Plaza Independencia.

Trato de hacer un cálculo pero a mi los números se me enredan, son muchos kilómetros de caminar, eso sí lo sé.

Un mate amigo

Espero la caravana en el kilómetro cero con un amigo. Somos muchos y muchas ahí. Cantamos, hay música y muchas banderas y carteles. En el interín tomo mates con el chico que tengo a mi izquierda y con la chica que está sentada al lado mío. No nos conocemos entre nosotros.

Por mi parte estoy mal. Lloro un poco. No sé por qué o sí sé, pero lloro. Encima me pica una hormiga. Pero me encuentro con mi papá otra vez y la caravana está por llegar. La policía corta la calle y empiezo a ver las banderas de Argentina flameando. Del asfalto se levanta calor y todavía parecen un espejismo.

Me subo a un tapial para ver mejor. La gente del kilómetro cero empieza a avanzar hacia la caravana. A los que dejamos en la Calle Paso se les ha ido uniendo gente, están los del este también, los de los barrios del costado de la ruta.

De nuestro lado cantamos ¡Se siente, se siente, ahí llegan los parientes!

Las caravanas se encuentran y es de nuevo ese tsunami en el pecho, esa sensación que te llega a la sangre cuando sos parte de algo grande.

Encuentro muy fácil a mi compañera, a mis amigos y mis amigos, les pido que caminemos juntos, los trato de reagrupar. Son mi manada. Vamos juntos, juntas.

Entramos a la ciudad, la gente en los autos nos recibe bien, las bocinas tienen ese tono que es amistoso, para nada violento. Los árboles de las calles son una verdadera bendición. Rengueo.

Pero sigo gritando, ahueco las manos de nuevo: ¡Mendoza, qué linda sombra que tenés! Y pasamos por la Biblioteca Mauricio López que está llena de gotitas y me sale otra arenga:  ¡Aguanten las bibliotecas!

La columna va mucho más adelante. Entra a la Plaza Independencia primero la bandera argentina con la frase Todos somos Uspallata. Me echo a descansar en la primera sombra que veo. Después me da sed y no nos queda agua. Hago de tripa corazón y me levanto a buscar.

El kilómetro cero

Estamos en el kilómetro cero. La gente ha empezado a llegar. Los senadores y senadoras de la provincia han aprobado un proyecto megaminero repleto de irregularidades.

Lo más preocupante es que quieren abrir el proyecto en la zona de la Cordillera en la que están los ríos subterráneos que alimentan al Río Mendoza.

Ya sabíamos que iba a pasar, que iban a votar eso aunque estuviéramos todos nosotros y nosotras afuera. Pero el golpe igual es enorme. Ahora ha llegado muchísima gente.

Me encuentro muchas conocidas, muchos conocidos. Les cuento que bajamos caminando, que muchos venimos caminando y todos se sorprenden. Hasta se emocionan. Veo gente que quiero. Mis amigas, mis amigos, los que son mi red. Están ahí.

Está mi hermano, su compañera y mi sobrina que tiene diez meses. Mi papá también, mis amigos de todas las edades y de todos los ámbitos: de la calle, de la primaria, de la secundaria, la gente del palo de la literatura. Están.


El kilómetro cero se llena de gente y también de policías. Está el micro de infantería y muchos, pero muchos policías.

La marcha empieza y soy consciente de que no voy a poder caminar. De que si sigo me voy a hacer mucho daño. Mi amigo con el que venimos codo a codo y mi novia coinciden. No podemos seguir. Nos tenemos que cuidar.

Más tarde, una vez emprendiendo la vuelta a Uspallata nos enteramos de que la marcha fue larguísima y que caminaron cuadras y cuadras por las calles de la ciudad de Mendoza.

Algunas vecinas y vecinos que bajaron con nosotros desde Uspallata marcharon también. Todos lo dimos todo.

Siento mis piernas cansadas y me alegro mucho de tenerlas. Llego a mi casa de madrugada, me baño y entro a la cama con los pies hinchados.

Agradezco la fuerza, agradezco la red. Sé que tengo que descansar. Todavía me resuenan en los oídos las voces y los tambores. Siento que han pasado demasiadas horas, horas como días. Antes de dormirme traigo a mi mente la Cordillera del Tigre nevada. A pesar de los kilómetros recorridos, el sendero recién acaba de empezar.

Cochería Alarcón

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