Susana Arenas falleció el 10 de marzo, había sido elegida presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) filial Mendoza. Era una activista y defensora de las letras mendocinas.
por Alejandro Frias

Susana Arenas era docente, poeta, activista cultural, organizadora de espacios de difusión de la poesía y, sobre todo, una mujer con principios bien sólidos. Una guerrera. Quienes alguna vez tuvieron algún cruce de palabras con ella pueden atestiguar este último calificativo. Pero ni siquiera estas personas dejaron de despedirla, de lamentar su partida, de rendirle homenaje con algunas palabras en las redes sociales.
«El viernes 10 de marzo, pasadas las 22.40, me llegó el primer mensaje vía Whatsapp. Después entrarían otros. Todos traían consigo la misma mala noticia, la que no queríamos recibir. Susana Arenas había fallecido», comienza relatando el escritor y periodista Alejandro Frias en su blog.
En 2022, Susana Arenas había sido elegida sucesora de Liliana Greco como presidenta de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) filial Mendoza, y desempeñó ese cargo hasta que sucedió lo que sucedió.
Desde el momento en que se conoció su fallecimiento, las redes sociales, especialmente Facebook, donde era muy activa, comenzaron a reproducir mensajes de condolencias, saludos, expresiones de dolor.
Desde varios puntos de la provincia, del país e inclusive del mundo, muchas personas se sumaron a esta despedida. Sin embargo, pese a la resonancia que la muerte de Susana tuvo en las redes, los medios de comunicación de Mendoza ni se enteraron… O, mejor dicho, no le dieron ni un ápice de la trascendencia a lo que ella hizo en vida y dejó como legado en nuestra literatura.
Vivimos en una época en la que el periodismo, salvo honrosas excepciones, es muy pobre. Se hace periodismo con un concepto de inmediatez que aterroriza, y esto lleva a que incontables veces se tome apenas un tuit o un simple posteo y de él se derive una «noticia».
Alejandro Frias
Si una persona famosa (con fama entendida como la vacuidad de tener sus quince minutos de gloria en la televisión) escribe cualquier estupidez en una red social, la prensa toma ese posteo y lo convierte en contenido periodístico.
En el caso de Susana Arenas, cientos fueron los posteos que referían a su muerte, ¿y a ninguna y a ningún periodista se le ocurrió siquiera preguntarse quién era esa mujer a la que despedían tantas voces y desde tantos lugares?
Un empresario inescrupuloso muere y eso es noticia de tapa o de primer scroll de los medios de comunicación. Y no importa si ese empresario estafó, defraudó, robó a miles de personas o si hizo su dinero explotando gente, su foto estará en las portadas y su biografía contada en varios artículos.
Lo mismo sucede con un político corrupto o inoperante, aunque haya vendido al país y endeudado por varias generaciones a la población.
Ahora, si la persona fallecida es alguien que realmente representó algo para la cultura en general o, como en el caso de Susana, para la literatura en particular, ningún medio se hace eco. Y pareciera que tampoco ningún gobierno.
Y es que, a mi juicio, la época en la que vivimos es la de la mirada cortita, no sólo en cuanto a proyección, sino también en cuanto a entorno.
Una mirada que no quiere ver más allá de lo inmediato ni salirse de su zona de confort, del círculo inmediato, un círculo al que entran cosas, pero siempre si vienen con el aval de otro círculo, que es el que dictamina qué merece la pena ser contado y qué no.
Y, en este sentido, la literatura mendocina pareciera no tener el valor suficiente como para ser contada, y mucho menos quienes hacen esa literatura.
Entonces, para los medios de comunicación, algo merece ser contado si tiene el aval de vaya a saber qué círculo de acreditación (y siempre serán cosas rutilantes, que tengan más dinero atrás que peso específico), y esto se extiende hacia los gobiernos, que, en su mayoría, parecen guiarse más por las estrellas que brillan en la distancia que por las luces que se multiplican en lo inmediato.
La muerte de Susana Arenas produjo mucha consternación y un gran dolor entre quienes la conocieron, incluso entre quienes alguna vez tuvieron algún intercambio de opiniones fuerte con ella, porque su presencia en la actividad cultural de Mendoza fue in crescendo hasta convertirse en indiscutible.
Pero, claro, ella fue sólo una poeta local, sólo una docente que buscó otras formas de decir, sólo una inquieta que organizó decenas de actividades… Sólo eso, nada significativo para la prensa de Mendoza.




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