En medio de una las peores crisis hídricas de la historia de la provincia, la principal causa tiene un nombre: sequía de nevadas. El invierno de 2019 fue uno de los peores en las últimas dos décadas.

En Mendoza, la correlación entre la cantidad de nieve nieve y la de agua son directamente proporcionales. La nieve tiene una relación directa con los volúmenes de agua que luego tendrán los ríos y arroyos de montaña gracias a los cuales subsisten todos los oasis productivos.
Un grupo de investigadores del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Ianigla) del Conicet, elaboró un mapa interactivo que recolecta en imágenes la información de nevadas en las diferentes cuencas hídricas de la provincia.
Allí se puede observar cómo en los últimos 20 años, el 2019 es el más grave de todos y sólo presenta una cobertura del 60% de nieve.
Mariano Masiokas, investigador del Ianigla, explicó que puede observarse cómo en un año muy nevador como puede ser el 2000, hay un 145% de nieve, mientras que en el último invierno la acumulación fue sólo del 60%.
«Es clarísimo que después del 2010 la acumulación de nieve y el tiempo que dura en la cordillera ha disminuido marcadamente. 2014 fue otro año muy seco, pero ahí llegó al 76%, en 2004 que también fue muy seco llegó al 78% del promedio y este último 2019 llegó al 60%, es decir, más bajo que los años más secos que veníamos registrando», agregó.
A esta tendencia de menores precipitaciones níveas se suma el hecho de que por efecto del calentamiento global, también ha aumentado la temperatura en las partes altas de las zonas montañosas.
«Lo que ha estado pasando es que está nevando mucho menos y está haciendo más calor en cordillera entonces la nieve dura menos, permanece menos en la superficie y esto es bastante perjudicial para los glaciares», agregó Masiokas.
Tener poca nieve en el invierno no sólo afecta la cantidad de agua sino también deja a los glaciares sin la posibilidad de recuperarse. «Los glaciares viven o persisten por la acumulación de nieve del invierno y se compensa con un derretimiento en el verano. Lo que está pasando ahora es que están acumulando menos nieve en el invierno y se están derritiendo más en el verano, entonces se refleja en los retrocesos que hemos notado en toda la cordillera de Los Andes, sobre todo a partir del 2010 cuando empieza esta sequía que todavía estamos pasando», contó el especialista.
En condiciones extremas como las que está atravesando la provincia, los glaciares aportan agua de derretimiento como un extra de agua que de otra manera no estaría en los ríos. «Los glaciares no son eternos ni la superficie es infinita, entonces estamos agotando o gastando las reservas de hielo que todavía subsisten. En períodos secos es cuando más importancia cobran. Si no tuviéramos glaciares sería aún peor la situación», advierte Masiokas.
Los glaciares de los Andes Centrales perdieron, en promedio, cerca de 6 metros de espesor entre 2001 y 2017. Más de la mitad de estas pérdidas se dieron a partir de 2009, probablemente en respuesta a la disminución en la acumulación de nieve registrada en esta región en los últimos 10 años.
Desde el Ianigla hacen hincapié en que es imperioso cuidar, proteger y estudiar las áreas de la cordillera en donde la nieve se acumula y perdura ya que el panorama a futuro es poco alentador. «Hay modelos climáticos que muestran una preocupante tendencia al secamiento, a que haya menos nieve y haga más calor», afirmó Masiokas.
Fuente: Sitio Andino



