«Tratando de entender el Aurora», la periodista Valentina Mazziero, realizó una crónica del Festival Aurora del Eclipse el 14 de diciembre en el Gran Hotel Potrerillos para Diario Luján.
Texto y fotos: Valentina Mazziero

El Aurora del Eclipse todavía no empieza. Llegamos temprano. No sé de qué viene este encuentro. Pero una chance de espectáculo en vivo en plena pandemia es un lujo. Miro a través de mi cámara, enciendo el radar interior: ¿qué es este festival en el que estoy?
En el cielo no hay una sola nube. La postal mendocina brilla de manera habitual: techo celeste, sol a pleno. De fondo la montaña. Dentro de algunas horas el sol se va a tapar para dar paso a ese fenómeno tan particular llamado eclipse. La luna, va a pasar frente al rey en pleno día, avisando que no sólo vive de noche.
Mientras tanto, en un escenario que de fondo tiene cielo y montaña, toca una DJ. Parece disfrutar de lo que hace, el viento mueve su ropa, su pelo, y al ritmo de la música baila descalza y suave. Se llama Melanie Camsen y es conocida en el medio. Es la primera vez que la escucho, la música que pasa hace que me quiera mover como ella, lentamente, como si no tuviera zapatillas.
De a poco empieza a llegar gente. El Gran Hotel Potrerillos tiene bien puesto su nombre. Es añejo, se le nota, pero está bien construido. Tiene roca, maderas fuertes y detalles que infunden respeto, como la puerta de entrada en forma de arco. En el jardín, el pasto algo amarillo tiene árboles, viñedos verdes y algunos perros callejeros que nada saben de vestir etiqueta.
El lugar es, cómo se diría, coqueto. Así son algunas de las personas que van llegando. No me siento del todo cómoda. Mientras saco fotos, disfruto del sonido pegándome en el pecho, después de meses sin ir a ningún tipo de espectáculo, la energía de la música en vivo me recorre. Siento el viento andino en la cara. Me propongo disfrutar. El Aurora está empezando, hay de frente todo un festival.
Miro la hora, son las 12:55. Me saco los anteojos de sol, el día se empieza a oscurecer lentamente. No llegará en ningún punto a estar anochecido, pero sí con una atmosfera extraña, una especie de filtro gris. Es el turno de otro DJ que empieza a hacer sonidos que me suenan extraños, cómo de película de terror. Son agudos. Un poco pega con la situación, que el día se oscurezca no deja de ser algo muy particular. Quien toca es Franco Cinelli, de Rosario, que acompaña el momento del eclipse con sonidos que no termino de entender.
Veo que algunas personas miran hacia el sol con una especie de lente. Me gana la vergüenza como para ir a pedirles. De fondo, sigue tocando Cinelli. Desde la organización nos llaman al “breake”, que consiste en cervezas, coca, agua y sanguchitos. Se preocupan por mi pedido de comida vegetariana, lo respetan. Mientras tanto me dedico a charlar. Estamos dentro del hotel, en sillones frente a una gran chimenea. Somos personas de prensa y también músicos y músicas que van a participar. Charlo con los chicas y chicas de la banda Sand Sideral. Uno de ellos me presta un negativo para ver el eclipse, apunto al sol, miro, lo veo: el sol no está completo.
La siesta mendocina empieza a aparecer, ahora es el turno de Ale Castro. El DJ tira sonidos un poco más movidos, hay personas que tímidamente empiezan a bailar. Siempre con distancia, tal vez con vergüenza. Me pregunto si la pandemia nos ha desacostumbrado a lo social. Un grupo de chicos y chicas me pide una foto. Es normal, tengo una cámara. Les saco, me agradecen. Todavía no decido si me siento cómoda o no. El eclipse se terminó, el día es día completo otra vez.
El tipo de música que suena es nuevo para mi. No puedo negarlo: soy del palo del rock. Lo mío son los recitales, el pogo. Pero uno de los primeros acercamientos que tuve a la música electrónica vino de la mano del Aurora Home Festival, el encuentro virtual que se organizó para ayudar económicamente a cientos de artistas que quedaron sin trabajo durante la cuarentena estricta. Escucho, además, listas de folklore electroandino, un género nuevo para mí, que me entró en mente y corazón desde que escuché en electrónica una poesía de Atahualpa Yupanqui.
Así que disfruto, amplío mi espectro, conozco algo nuevo. Termina Ale Castro y es el turno de Rüstico. Hace un rato en el “break” lo escuché decir que hace poco vive en Chacras de Coria. Se ve exótico con su onda Cow Boy en medio de la montaña mendocina. Sus sonidos lo son también. Sigue el trío Sand Sideral. Con Pao, su vocalista, hablé más temprano en los sillones del hotel comiendo. Como toda artista, es un personaje.
Sand Sideral me sorprende por la voz afinada y fuerte de Paola. Sus compañeros, Cristian Gualpa con sonidos que salen desde una computadora y el guitarrista (no encontré el nombre en sus redes) se acompañan y fluyen. Sumado al Korg que toca la cantante, tienen una onda original. Más tarde, cuando esté con ellos charlando en ronda, el guitarrista me contará que está feliz de haber tocado en vivo, que estaba cansado de tocar sólo para él.
El festival se armó. Ahora sí la gente está parada, se mueve más. No sé si hemos perdido la vergüenza o entramos en onda. Tal vez tenga que ver con el eclipse que pasó hace algunas horas, pero siento que todo cambió. Quizás mis prejuicios de asociar lo electrónico a –digamos- una clase alta, me hayan llevado a estar inhibida, pero ya siento que puedo ser yo. El prejuicio era sólo mío. Empiezo a entender el festival, se trata de sentir, de dejarse llevar.
Al escenario se sube un tipo de remera blanca, pantalones pescadores y borcegos. Miro la grilla, es el turno de “Las luces primeras”. Desde un primer momento me llamó la atención. La hora del día elegida para darle nombre a la banda es poética y original. Es, lejos, lo que más disfruté del festival. Tal vez porque hubo riff, o porque algunos sonidos me remitieron (lejanamente) a Babasónicos. Mariano, sólo, con sintetizador, guitarra eléctrica y voz, dejó claro que hace lo que le gusta.
Hay un pequeño descanso. Repaso. Sigo tratando de entender de qué viene el Aurora. Antes de las dos bandas en vivo “Sand Sideral” y “Las luces primeras” tocó Juan Lucangioli. Sólo con su ukelele, su guitarra y su voz, cantó sobre un futuro posible, en el que cuidemos y respetemos a la madre naturaleza. Se me infló el pecho cuando habló de la defensa de la ley 7722 que se realizó en Mendoza hace un año atrás. Me voy dando cuenta, el festival Aurora es eso: un DJ de Rosario que hace sonidos intergalácticos y después un tipo con ukelele que canta sobre el agua y las montañas.
Diserta también una antropóloga, habla sobre el eclipse y cómo influye en las personas cuestiones energéticas que nos exceden. Me llama la atención que algo así se hable en un festival, intento prestar mayor atención, pero pierdo el hilo. Me hago amiga de un perro callejero, nos sentamos a la sombra de un álamo. Descanso los ojos y las piernas.

Vuelvo al festival, aparecen fuera del escenario tres chicas. Hacen un espectáculo de danza y hip hop. Lo que habla Romina Fisela –que canta y a la vez baila- también es diferente. “Todo se está moviendo en este momento” empieza y sigue hacia una profundidad que me hace sentir menos sola. Rapea (¿rapea?) sobre olvidar el ego, sobre ser amable con el dolor. Prácticas que intento día a día. Lo veo, por algo llegué al festival.
Llega el turno de Gonza Nehuen. He escuchado algunos temas antes. Entiendo porque tiene seguidores y seguidoras, la energía del lugar estalla. Él decide qué tocar entre todos sus tableros que no entiendo, le miro los pies, sus zapatillas violetas y naranjas marcan el ritmo. Está concentrado, la gente, abajo del escenario baila a sus pies. Entro en esa, me dejo llevar. Ahora hablo, a veces levanto la voz porque no me escuchan, las personas a mi alrededor son desconocidas pero me siento bien. No sé precisamente qué nos une, estamos ahí, vibrando música y montaña. Me dejo llevar.
Bajo… Llevo horas en ese lugar. Al escenario sube Myoos, dos chicos de remera negra y cara de concentración. Tableros grandes, ritmos un poco más duros. Los extremos a los que llegué con Gonza Nehuen ya no existen, me gana el cansancio. Me alejo. Miro el atardecer en las montañas. Me pregunto: ¿qué tiene que ver una chica de vestido brillante y zapatos altos con la cosmología andina? ¿En qué se relaciona un DJ de música electrónica con los movimientos ecológicos?
Una de las cuestiones que más me interesó sobre el Aurora Home Festival fueron los videos sobre Cosmología andina que encontré en su web. Y también las voces que encontré hablando de ecología. Pero todavía no puedo asociarlo mucho a lo que llevo vivido este lunes 14 de diciembre en Potrerillos.
Estoy de vuelta en casa. Empecé el Festival Aurora del Eclipse sintiéndome extraña y lo terminé sintiéndome en mi lugar. Pienso que quizás, para pensar el futuro tengamos que dejar de encasillar. Dejar de creer que todo es de una forma y nada más. Tal vez, las voces de nuestros ancestros y ancestras puedan volver con un DJ. Por ahí, mezclando palabras viejas con música nueva nos llegue un mensaje distinto. Puede que al final, estos espacios sirvan para juntarnos con personas que piensan, viven y hablan diferente. Y para ver qué podemos llegar a construir.



